En tu Relato Deben Aparecer Tres Elementos: Libro, Pincel y Botella


Saco tiempo de mi indeseable vida para disponerme a escribir un relato. En mi afán por tener vida más allá de mis pensamientos, tomé la tonta decisión de redactar un escrito semanal con alguien a quien creo poder llamar “colega”. Esta semana ha tocado hacerlo con una limitación de palabras: botella, pincel y libro.

Me siento frente a frente con mi ordenador. La página en blanco de Word parece ser un reflejo de lo que es mi mente ahora mismo. Ni una sola idea parece querer presentarse ante mi, sabía que era raro, pero nunca creí que ni los conceptos abstractos quisieran conocerme. Lo único en lo que pienso es en el White Album de los Beatles y, como va acorde con la situación, decido ponerme a escucharlo.

Mientras la guitarra de Back in the USSR comienza a berrear, decido desligarme de este aparato del diablo para ponerme con lo que he llamado escritura inmersiva. Muchos autores que quieren escribir sobre conflictos bélicos investigan sobre ellos así que, como yo quiero escribir sobre botellas, ¿por qué no beberme una? Voy a mi armarito de la suerte y de él saco una botella no demasiado grande, verdosa y más menos rectangular. Mi vieja amiga. Su calor entra en mi cuerpo con mayor intensidad que cualquier abrazo que pueda darme cualquier persona que se haga llamar mi amiga

Al enésimo trago comienzo a preguntarme si de verdad estoy aprendiendo algo de este objeto. ¡Joder, es una botella, qué se supone que tengo que decir de ella! Igual debería leer algún fragmento de un libro. He oído de algunos autores que lo mejor para despertar la creatividad es aprovecharse de la de otros, así que me aproximo a mi amplia estantería repleta de libros que no he leído y probablemente jamás llegaré a leer. Mientras más me acerco a ella, la mirada se me torna más borrosa y tambaleante, pero no me importa por que While my guitar gently weeps se siente increíble en este estado.

Alcanzo un librito blanco, lo abro por una página aleatoria y leo: “Mirad al cielo. Preguntad: ¿el cordero, sí o no, se ha comido la flor? Y veréis como todo cambia...” ¡Pero qué mierda de historia es esta! En qué momento de mi vida me convertí en uno de esos frikis que compran libros abstractos cuyo único fin es decir gilipolleces.

Esto de la escritura inmersiva no me está sirviendo de mucho, pero al menos he conocido a la mejor acompañante que he tenido en mucho tiempo. Le doy un largo beso que me pulveriza el estómago y procedo a buscar un pincel para ver si esta vez alguna idea aparece. El camino en su busca ahora es más complicado. Las paredes me dan vueltas y el suelo parece una escalera automática. Cuando por fin lo consigo, trato de imitar la pintura esta rara de círculos amarillos y azules porque he oído que a la gente le encanta, o eso le gusta decir.

Después de más tiempo del que me gustaría admitir me doy cuenta de que para poder pintar algo estaría bien contar con pinturas. Inútil. Ni un sucio dibujo puedo hacer sin fracasar. La hoja blanca vuelve a fijar su mirada ante mí, ahora en vez de digital lo hace físicamente. ¿Por qué me ofrecí a esto? Carezco de creatividad alguna. Todo lo que sé hacer es escuchar canciones de otros, leer historias de otros, mirar a otros... Otros. Ojalá otros me tuvieran en cuenta. Ojalá fuera alguien para esos otros. Ojalá fuera otro.

Arranco la hoja de papel de la mesa y la parto en pedazos. La abundante ingesta de amor embotellado que ingerí hace poco hace acto de presencia gritando por salir de mi cuerpo. Igual debería tumbarme boca arriba y dejarlo salir. Sería una forma bonita de acabar.

Mientras las tripas salen de mi cuerpo, comienzo a sentir algo que no había sentido nunca. Un haz de luz pasa por mi mente. Me siento como Platón al verlo. Por fin tengo algo que escribir. Espero que os guste.

 

Comentarios